1 Nov · Psicosol · Sin Comentarios

Llega la fecha de celebrar halloween. Esta celebración se remonta a las culturas precristianas, especialmente en las regiones europeas más septentrionales. Britanos y celtas celebraban en esos días el final del verano. Solían realizar rituales relacionados con las cosechas y preparativos para afrontar los fríos invernales. También los romanos celebraban rituales similares en estas fechas.

 

Con la cristianización, se adoptaron y adaptaron festejos populares, incluyéndolos en los calendarios religiosos. Sobre el siglo VII y VIII es cuando se empieza a celebrar en esta fecha el “día de todos los santos”, para honrar aquellos santos que no tenían su propio y exclusivo día en el santoral, y para recordar a los seres queridos difuntos.

 

Es sobre todo en Norteamérica que arraiga fuertemente durante el siglo XIX. Sin embargo, hasta la década de los años 20 del siglo XX no se asocia a una celebración “popular”. Finalmente, es en la década de los años 70 cuando queda estructurada como se conoce actualmente, donde destacan los disfraces terroríficos, las calabazas con velas y que los más jóvenes vayan de casa en casa pidiendo chucherías con el famoso “truco o trato”.

 

Halloween, como se celebra hoy en día, se basa en una leyenda popular de origen irlandesa, que relata las aventuras de un tacaño de nombre Jack, que se burló de la muerte. En zonas del norte de España, se habla en estas fechas de la “Santa Compaña”, que la víspera de Todos los Santos recorre los cementerios para llevarse las almas errantes.

 

Como pasa últimamente con cualquier festividad (Navidad o San Valentín, por ejemplo), Halloween se ha impregnado del consumismo más alarmante y desmedido. Hay que comprar decoraciones rocambolescas y tener la casa simulando un cementerio, hay que tener el disfraz más realista y horripilante, hay que conseguir el máximo de caramelos…

 

Además, escudándose en que “un día es un día”, se exagera la leyenda y la (no realista) necesidad de “aterrorizar a todo el mundo”, fomentando la aparición de zombies, mutilados y otros disfraces desagradables (que en ocasiones rozan la pornografía).

 

Es en este marco en que, tanta festividad, lejos de ayudar a los más pequeños, les atiborra de dulces repletos de azúcar refinada, les aterroriza con disfraces que les darán pesadillas durante semanas y les empuja a consumir y comprar sin medida.

 

¿Realmente debemos dejarnos llevar por todas las modas?

 

 

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