Cómo los padres debemos actuar ante los problemas de nuestros hijos e hijas

 

En mi práctica profesional, con frecuencia me enfrento al reto de evaluar y diagnosticar a niños, jóvenes y adolescentes de ambos sexos.

Los diagnósticos son variopintos. Sirvan de ejemplos:

  • problemas conductuales: rabietas, intolerancia a la frustración, negativa a estudiar, violencia, robos, absentismo escolar…
  • problemas de capacidades: dislexia, disgrafía, problemas de razonamiento, déficit de atención, retraso madurativo o discapacidad intelectual.
  • problemas de personalidad o autismo.

Afrontar ese diagnóstico supone un reto para los padres y las madres, conlleva ver que tus hijos tienen limitaciones, que no son perfectos. Con frecuencia los padres y madres tienen una sensación de pérdida y un gran malestar.

Las respuestas que los padres y madres tienen son las siguientes:

La negación:

“El diagnóstico es incorrecto”. “A mí no me puede estar pasando esto”. “Pero esto, ¿cómo es posible?”, son algunas de las frases que evidencian la no aceptación de la situación. A veces los padres acuden a varios profesionales, buscan “segundas opiniones”, consultan webs o asociaciones, señal de que no acaban de asimilar la situación. Muchas veces la negación está enmascarada en pensamientos del tipo “no es tan grave” o “seguro que el problema se acaba resolviendo con el tiempo”. La negación provoca que no se intervenga adecuadamente sobre el problema, que lejos de resolverse se agravará, cronificará y generalizará.

La ira:

Los padres y madres se van enfrentando a la realidad, y tras la negación surge la impotencia de no poder cambiar la situación o la anticipación del esfuerzo que conllevará (ver la siguiente fase) y afloran emociones violentas.

  • Hacia el profesional: “no está cualificado”
  • Hacia la pareja: “si ya me lo decían, que en tu familia estaban todos mal” o “ha salido a ti”.
  • Hacia uno mismo: “¿qué he hecho para merecer esto?”
  • Hacia su propio hijo: “¡la culpa es tuya! ¡ojalá nunca hubieras nacido!”

En cualquiera de los casos, el problema no se resuelve, y se traslada afuera. Eso provoca malestar social que posiblemente empeorará la situación. Un adecuado apoyo por parte de amigos, pareja y familia es muy beneficioso.

La depresión:

Es frecuente que esta etapa se mezcle con la de negación. Los padres y madres comprenden y empiezan a asimilar que sus hijos o hijas requieren actuaciones, pero la actitud es derrotista. En esta fase suelen preguntar sobre los posibles tratamientos, la duración de los mismos y los pronósticos. Y el mero hecho de plantearse una intervención se les hace un mundo. Suelen decir eso de “no ver la luz al final del túnel”. En algunos padres y madres la depresión pasa a ser un problema real, y enferman, apareciendo insomnio, problemas en la alimentación, tristeza, falta de disfrute… Los hijos e hijas con problemas son una carga para sus padres y madres. Todo esto crea un ambiente familiar insano. Los hijos se sienten culpables por el mal que provocan sobre su familia. Todo esto empeora la situación y dificulta la resolución.

La negociación:

Esta etapa es la que más suelo ver. En ella los padres buscan soluciones, pero en las que ellos no se vean directamente implicados. Por ejemplo, ante un problema de retraso madurativo, es frecuente que los padres pidan una atención más individualizada en el centro escolar, que acudan a especialista, logopedas, psicólogos, pedagogos, maestros para que apoyen al niño o la niña. Pero no quieren o no encuentran la forma de implicarse más en la situación: no cambian sus hábitos, el tiempo que pasan con sus hijos no es productivo (por ejemplo, ven la tele o juegan con el móvil, en lugar de trabajar aspectos intelectuales como hacer puzles juntos o crucigramas), o directamente pasan el menor tiempo posible con sus hijos. Delegan la responsabilidad en terceras personas: el otro progenitor o especialistas.

Aceptación:

Es difícil aceptar los problemas de nuestros hijos, pero la aceptación es imposible sin implicación. Algunas de las medidas necesarias son:

  • Todos los miembros de la familia se han de implicar.
  • Cambiar los hábitos y las rutinas y adaptarnos a la nueva situación.
  • Sumergirnos en el problema: ver cómo le afecta a nuestro hijo o hija, qué debilidades y fortalezas tiene, valorar la frecuencia, duración e intensidad del problema, si evoluciona en el tiempo…
  • Ver cómo ese problema afecta a los demás miembros de la familia. Por ejemplo, otros hijos pueden verse desplazados.
  • Ser realistas respecto al pronóstico
  • Trabajar con nuestros hijos e hijas, programando metas asequibles.

Por ejemplo, en un caso de dislexia, tendremos que ayudar a que nuestros hijos mejoren su capacidad lectora. El apoyo escolar o externo no será suficiente. Por ello, debemos trabajar con nuestros hijos, y debemos programar las tardes para, en lugar de no hacer nada, leer, hacer los deberes, jugar juegos educativos con ellos, etc.

Todo esto es un ciclo, un círculo en el que resulta difícil determinar la fase exacta en que se encuentran los padres y madres. A veces se quedan para siempre en una de las fases. Además, existen avances y retrocesos, marcados muchas veces por expectativas no cumplidas.

Los psicólogos, tras un diagnóstico, debemos dar un apoyo integral, tanto a los menores diagnosticados como a los padres y madres, y también al resto de la familia.
En Psicosol llevamos más de 10 años dando todo el apoyo que los padres y madres necesitan. 

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